El micro-micrón

Esa mañana se me hizo tarde porque en la noche anterior me desvelé viendo las luchas. Estaba poniéndose lo mejor cuando apareció mi madre levantando el puño, me amenazó diciendo que aunque amaneciera muerto, tendría que ir a la escuela.
Salí como pitido de corneta. Tuve que correr para alcanzar el mugroso camión. Apenas iba subiendo un pie cuando el chofer ya estaba clavándole toda la chancla al acelerador y la mochila casi se atora en el espejo de una camioneta que estaba mal estacionada. El bus estaba apretujado de gente, me paré de puntitas para buscar un asiento.Había uno hasta atrás y tuve que escabullirme para alcanzar un asiento junto a la puerta de bajada.
-¡Órale quítese gordo!, ¡de chance ruca!, ¡háganse pa’ allá! –Bueno eso lo iba pensando mientras arremetía contra las masas.
El asiento sin un pedazo de esponja, era un verdadero resorte rebotador. Cada vez que pasábamos por un tope me mandaba a volar. Como no me gusta agarrarme de los tubos, porque aparte de que están fríos te dejan un olor a oxidado sudado. Pues hay voy bota que bota sin ser pelota al ritmo de una rumba que rezumba-zumbaba en el camión.
La guajolotera ya estaba que reventaba como tráiler de puercos. El chafirete sube que sube gente. Una señora de cachetes anchos se abanicaba aire y gritaba: -ya no hay lugar, ya no, que barbaridad-, aunque la muy jija, ocupaba dos asientos porque aparte de su gordures llevaba unas bolsas anchas: clásicas de señoras gordas. En ese momento en una turbulencia bachosa salí expulsado al aire. Por cuestiones de la física cuántica, calculé que no caería en un lugar apropiado. Mi instinto me hizo manotear cual gato y chin… Alcancé a pescarme de la blusa de una chica que se encontraba a mi lado. No era mi intención, aunque lo que conseguí fue arrancarle un par de botones a la blusa dejando a la vista un poco de sus atributos. Iba a disculparme y darle un botón que encontré cuando me levante, pero creo que a su novio no le hizo nadita de gracia aquel incidente. Estaba todo colorado con ojos de ardor enchilado. En ese momento una señora de muchos años, gritó: ¡ay! auxilio, auxilio, paren, que hay un pervertido en el camión.
Todos los señores voltearon y al ver a la muchacha tapándose con las manitas su bonito y rosado seno, trataron acercarse más, para ver en que ayudaban.
-Haz algo baboso, me están viendo.- (ordenó a su novio)
Y mocos, con llamas en los ojos y la cara colorada parecía el mismo diablo. Advertí que algo se acercaba directo a mi feis con gran velocidad, cuando…. Bendita salvación, bien dicen dios aprieta pero no estrangula. Una segunda turbulencia. Un golpe macizo y chanfleado fue a dar a la lonja de la señora gritona. Ante tal golpe noqueador, la señora quedo desmayada. El señor que iba su lado era un viejito chimuelo que no había tomado nota de nada. Al ver a una dama noqueada con los ojitos en blanco y la lengua de fuera, paróse y gritóle-ole colérico al muchacho golpeador de señoras:
-¡Ora verás cómo te pongo morongo!, en mis tiempo respetábamos a las gordas- y ¡zúmbale! ¡tracs! ¡tracs!, golpes, puños y patadas voladoras.
Un señor se percató de los golpes débiles que lanzaba el anciano. No sé si por lástima o qué fregaos, al ver al viejillo desahuciado, se levantó y grito: -¡Óyeme hijo de tu pinche madre! ¿Por qué no te pones con uno de tu edad?- y diciendo esto soltó tremendo tamalazo que atinóle haciendole pinole el mero ojete al chavo chaquetero. La gente empezó a gritar y a revolotear en el camión. De repente, salió otro a la ayuda del chamacón, pues ya le estaban dando bolita el vejete y el ruquín.
-¡No sean pipileros cabrones!, ¡déjense venir de uno en uno yo me los despacho!-
Se empezó todo a apretujar. Todos a bordo agitados comenzaron una batalla campal. El chófer gritaba desde el volante palabras que no llegábamos a oír. Sentí que me aplastaban. Comencé a patalear a quien se me pusiera enfrente. Eche un ojo por la ventanilla y vi que estábamos frente a la escuela. Estiré el brazo para tocar la chicharrita. El chófer detuvo el camión y abrió la puerta de bajada.Toda una muchedumbre trataba de salir al mismo tiempo entre manotazos, pellizcos y calcetinazos. Aproveché el alboroto y la confusión para sacarle la cartera a un señor que ya la tenía arriba de media nalga. Adentro ya no se podía ni respirar del zafarrancho. El chófis trataba de tranquilizar a la gente. Me lo imaginé todo como de verdad pasa en las luchas. Reconocí el cuerpo del Checas, ya estaba en la reja de la escuela (señal de que ya la va a cerrar). Luché para bajarme pero un tumulto de masa humana bloqueaba la puerta. Conseguí salir gracias a la mordida que le atiné un viejito, que ya estaba todo rojo tirándole a morado. Lo reavivé con tal mordisco logrando que se retorciera y así liberar mi túnel de escapatoria. Corriendo apenas llegue a la puerta, cuando el conserje ya la estaba cerrando.
-¡Órale pinche chamaco huevón! – Y me acomodó un zape en la nuca.

fuiyono

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