Comprando munición para un asesinato

Las apariencias siguen y seguirán dominando al mundo

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En la mañana estaba por terminar de escribir una escena donde uno de los personajes tiene que morir. Como era un primer borrador, lo estaba escribiendo a pluma y papel. Noté que la tinta estaba perdiendo fuerza, por lo que revisé el cartucho… La tinta estaba por terminarse. Decidí salir a comprar un frasco. Busqué en la internet un lugar donde pudiera conseguirla. El único lugar que me arrojó el buscador fue el Sanborns. Sin pensarlo mucho, me vestí lo que encontré, medio acomodé mi pelo y salí de prisa.

Al llegar al Sanborns me dirigí a un aparador donde tienen todo lo referente a escritura. Le eché un ojo a las plumas, vi que ahí tenían los tinteros. Frente a mí, un tipo de traje y gafas oscuras, estaba escogiendo una cámara semi-profesional. Se acercó una de las chicas vendedoras. Le pedí un frasco de tinta azul. Fue en busca de las llaves y cuando volvió me señaló la caja donde tenía que pagar.

Al acercarme a la caja, el tipo del traje que estaba comprando la cámara estaba contando en fajo de billetes. Al ver que me acercaba pude notar un sobresalto de autodefensa y nerviosismo. Como dije antes, llevaba una cara terrible, ojeras, pelo enmarañado y ropa informal. Después de mirarme a los ojos, miró sus billetes en una vertiginosa mirada y trató de esconderlos en un vano intento. No me sentí ofendido, más de una vez me ha pasado tener un tic de autodefensa, por ejemplo: cuando viajo en autobús con el celular en la mano y de pronto un furtivo vendedor ambulante, aparece en medio del autobús diciendo: más vale un peso ganado que un peso robado. Y que antes de volver a la cárcel prefiere ganar un dinero honradamente.  Para tranquilizar al caballero de la cámara, le dije:

—Tranquilo, tengo la cara, pero nada más. Yo sólo he venido a comprar un poco de munición para matar a un cabrón que me está haciendo la vida imposible…

Cuando terminé de decir esto, noté que la cajera y el hombre me miraban con un poco más de desconfianza. Tal vez pensaron que estaba drogado o que padecía de mis facultades mentales. El tipo se puso más nervioso. Una gota de sudor le escurrió por la frente. Las manos le temblaban. Volteó a ver a la cajera y le dio el dinero. Trece mil trescientos pesos, fue lo que le cobró. El cliente tomó su paquete y salió caminando a toda prisa.

Jazmín se puso nerviosa. Sé que se llamaba así porque lo vi en su gafete. <<Ciento ochenta pesos, por favor…>> Saqué un billete de quinientos y pagué. Me dio un billete de doscientos uno de cien y uno de veinte, pero tuve  una sensación algo rara, si en algo me he vuelto experto es en sentir la rugosidad de un papel moneda legitimo.

—Me puedes cambiar este billete… —dije con cierta ingenuidad.

—No tengo otro, es el único —contestó tajante.

—Me parece que este billete tiene algo raro, creo que es falso.

Tomó el billete y lo revisó a contra luz.

—¿No tienes un detector de billetes falsos? —Acusé sorprendido.

—Sí, pero es que se descompuso.

Llamó a una de sus compañeras y le pidió que lo revisara en su caja. <<Ese billete me lo acaba de dar el señor…>> Lo dijo más para ella que para mí. De pronto en un rápido movimiento abrió la caja y sacó los billetes de quinientos y mil pesos, que intuí que habían sido los del pago de la cámara. La otra cajera volvió con el billete en mano y con la noticia de que al parecer todo apuntaba que era falso. La cajera Jazmín casi se comienza a arrancar los pelos. Le pide que revise todos los billetes que sacó de la caja. Mientras que a la vez llama al guardia para ver si puede dar alcance supuesto estafador.

Por supuesto que no lo alcanzaron y al final el resultado fue 4700 pesos en billetes falsos. Después de todo el alboroto y los nervios. Tuve que interrumpir a la víctima de un trance hipnótico, pedir mi cambio y la tinta, porque cómo había dicho, tengo que ir a despachar a una persona.

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