El hombre que se cortó un antebrazo para pedir dinero

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Bonifacio era un gran chofer. Trabajaba de tiempo completo manejando su auto como Uber. No siempre fue su oficio estar tras el volante. Él trabajaba como ensamblador en una importante empresa automovilística. Cuando cumplió veintidós años de servicio le dieron una patada en el trasero y le cerraron las puertas para siempre. Desde entonces no le quedó de otra que volverse socio de la empresa más importante del mundo en cuestiones de transporte privado.

Cada mañana que salía de su casa, pasaba por el mismo semáforo. Allí se encontraba un hombre pidiendo limosna.  Bonifacio siempre se compadecía de aquel tipo jorobado y sin el brazo derecho. Cada vez que le pasaba le dejaba unas monedas. El tipo siempre contestaba <<Muchas gracias, buen hombre>> Se preguntaba si él perdiera un brazo sería capaz de manejar su carro o estaría condenado a vivir de las limosnas de la gente.

Una noche, en lo que parecía ser su último servicio de la noche, dejó a un cliente en la entrada de un centro comercial. Cuando estaba a punto de apagar su celular, le llegó una notificación de un servicio a un par de cuadras. Aunque estaba cansado de catorce horas de trabajo aceptó el viaje. Cuando llegó se subió un tipo alto, delgado, de sombrero de ala corta y una gran gabardina azabache. Daba la impresión de ser un sujeto con elegancia. Cuando inició el viaje observó que la aplicación le mandaba a una dirección cerca de su colonia.  Mientras Boni manejaba, el rostro reflejado en el retrovisor le llamaba la atención.

-Me parece que lo he visto en algún lado. ¿Será que nos conocemos de otro lado? Yo también vivo cerca de esa colonia seguro que nos hemos visto alguna vez por ahí.

-Puede ser, pero no estoy seguro, usted también se me hace conocido. No sé, yo no lo recuerdo. Seguro que en su trabajo debe conocer a muchas personas todo el tiempo. Puede ser que nos hayamos visto en algún lugar.

-Eso puede ser, tal vez lo esté confundiendo. –para comenzar la plática- ¿ya a descansar?

-Todavía no, voy a una fiestecita con unos amigos primero. ¿y usted hasta qué hora trabaja?

-Ya, yo creo que éste es el último viaje. Tengo que llegar a casa a ver a mi esposa. Es que está embarazada, y luego mi otra hija. Sabe, quisiera trabajar más tiempo, pero necesito dormir. Me voy a dormir unas cinco horas y otra vez…

Cuando llegaron a la dirección solicitada. El hombre bajó del auto y se despidió.

-Muchas gracias, buen hombre. Que tenga una excelente noche.

En ese momento Bonifas recordó donde había visto a aquel tipo. Era el mismo que pedía dinero todos los días en el semáforo. Pero como no lo había reconocido antes. Con la ropa y ese modo de andar. Se podría decir que son dos personas diferentes.

Al otro día estaba dispuesto a comprobar su teoría acerca del tipo que pedía dinero. Se estacionó cerca del semáforo y espero a que llegara. Observó cada uno de sus movimientos. En efecto era el mismo. El rostro no podía ser diferente. Se acercó a él.

-Buen día, ¿cómo va la mañana?

-Pues, ahí va. La cosa está difícil.

-Qué tal la fiesta de ayer.

-No sé de qué me habla ¿cuál fiesta?

-Ayer lo llevé a una fiesta en la colonia Morelos, no se haga el tonto conmigo. Sabe a lo que me refiero.

-Usted me está confundiendo, buen hombre, por favor. Yo solo vengo a pedir una limosna para poder comer.

-Comer en los mejores restaurantes será.

-Esto no se va a quedar así, usted es un estafador, ya verá que esto no se va a quedar así. Todas las mañanas he pasado todos los días y le he dado monedas que a mí me hacen falta. Ya verá hijo de puta.

-Espere, espere por favor. Al menos déjeme que le explique algo. Se lo diré porque de cierta manera creo que usted me entenderá. Hace cinco años me había quedado sin empleo. La deuda me estaba ahogando. Mi esposa me abandonó, me quedé sin nada. Viví en la calle. Busqué e imploré por un maldito empleo, pero la edad, somos escoria, sabe, ya no es tan fácil en estos tiempos. No me quedó más que pedir dinero en la calle. Con el tiempo uno le encuentra el modo. Y esto -dijo señalando su brazo mutilado- es lo que mejor funciona. Sabe a lo que me refiero. Desde entonces me va bien. Gano más de lo que ganaba antes sentado en una oficina diez horas. He comprado un departamento y la verdad es que, ahora que lo pienso, es una bendición que mi esposa me haya abandonado. Ahora tengo un par de novias y no tengo responsabilidades. ¿Sabes a lo que refiero? -dijo guiñando un ojo.

Bonifacio se dio la vuelta. Subió a su auto y se fue. Pasó todo el día pensando en lo que había pasado. Y puede ser que el destino se encaprichó con él ese día. Pero para nada las cosas no pintaban bien. Recibió una llamada del banco para avisar que se había atrasado con las mensualidades del auto. La aguja anunciaba que el tanque de la gasolina estaba casi vacío. Había pocos servicios. Lo que más le preocupaba es que pronto sería papá de por segunda vez, a su esposa le faltaban unos días para el parto. Seguramente nadie querría estar en los zapatos de Bonifacio. Abrió la guantera del carro. Brotaron los recibos de la renta, luz, que le había encargado su esposa pagar una semana atrás. Malditas deudas. En todo esto pensaba cuando una fuerte sacudida lo sacó de sus pensamientos. Había caído en un bache. En seguida notó que algo estaba mal. La llanta delantera derecha se reventó. Bajó a cambiar el neumático. Abrió la cajuela sacar la refacción. Cuando terminó de cambiar la llanta pensó que lo mejor era regresar a casa.

Apenas entró por la puerta miró a su esposa y a su hija que estaban esperándolo. Había cortado la luz. Estaban en la sala con un par de velas. Bonifacio ya no pudo más, estaba cansado de vivir así. De no poder dar a su familia lo que necesitaba para poder ser felices. Una casa con lo suficiente para que funcionara. Se puso como un loco. Actuaba como si hubiera perdido la cabeza. Fue a buscar la caja de sus herramientas, sacó un reluciente machete. Puso el brazo izquierdo sobre la mesa de la cocina. Cogió el machete con la mano derecha y en veloz movimiento se rebanó el brazo.

Cuando abrió los ojos estaba en un hospital. El brazo lo tenía vendado en forma de un gran muñón. Su esposa con cara de haber llorado horas, lo miraba desconcertada.

– ¿Qué hiciste Bonifacio? ¿por qué lo hiciste? –Bonifacio la miraba con una sonrisa en los labios hinchados.

– ¿No me digas que ya te hiciste loco?

Bonifacio entre una voz cansada y delgada consoló a su mujer.

-No te preocupes, nos va a ir bien, ya lo veras.

Después de vender todas las joyas y cosas de valor que les quedaban, pagaron la cuenta del hospital y se fueron a casa. Bonifacio en cuanto lo sintió fuerza para salir a la calle, fue a visitar al tipo del semáforo.

– ¡Pero qué diablos te pasó, hombre!

-Mira, me he cortado el brazo

-Pero estás loco o qué mierda te pasa

-No todos tenemos la suerte de tener un accidente como tú.

-Pero de verdad que estás loco, yo nunca tuve un accidente. El brazo lo traigo escondido entre la chamarra.  ¡Mira, todo es parte del truco! Loco demente. –Bonifacio no le importaba. La noticia lo había alegrado más. Sabía que le podía sacar más provecho si mostraba su reluciente muñón.

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