Las noches que nos quedan

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Rara vez sucede que no puedo dormir. Pero cuando sucede, con una noche me basta para viajar en mi desesperación a otros tiempos. Hablo de esas veces en que el cuerpo está hecho añicos, pero el cerebro sigue trabajando como locomotora. Comienzo a dar incontables vueltas en la cama. Las sábanas se vuelven insoportables. Rasposas. Cualquier posición es incómoda en ese estado. Trato de buscar el sueño revisando el tuíter, pero mis ojos están muy cansados para seguirme el juego. En venganza mi cerebro comienza a generar desenfrenados remolinos de recuerdos y pensamientos que me ponen más insomne y meditabundo. Todo eso me lleva a un tipo de demencia y sobre todo se evocan mis temores más escabrosos.

Uno de tantos temores que me atormentan por las noches es sin duda la muerte. Pero por raro que parezca no mi muerte si no la de mi esposa. Todo comenzó una noche de las que te cuento. De esas que no podía dormir. Tenía pocos meses que Selene y yo estuvimos frente al altar. En una de esas entré en razón: a mi lado dormía la mujer con la que pasaría los últimos años de mi vida. Sin duda estaba enamorado de ella. Desde que la conocí supe que era la mujer perfecta para mí y desde entonces se ha vuelto indispensable en mi vida. Ya no me puedo imaginar una vida sin ella. Entonces vino mi segunda reflexión: por ley natural alguien se tiene que morir primero. Exceptuando que los dos pereciéramos en un accidente que terminara con nuestras vidas en el mismo momento. Pero si por alguna puntada del destino tuviera que decidir entre su vida o la mía, sin dudarlo me inmolaría. No porque sea valiente o un gran ser humano; todo lo contrario.

Soy tan cobarde que no sabría qué hacer sin ella. Yo no quiero ser el que cargue con el peso de la soledad. La esperanza de vida en México de los hombres es menor que las mujeres. Eso me tranquiliza hasta cierto punto, porque me da una ventaja.

Y así, mientras espero que el sueño me derribe. Viajo a un futuro posible donde encarno a un anciano solitario y desvalijado, con el corazón enterrado el día de su muerte. Añorando los años maravillosos de juventud. Lamentándome por no aprovechar el tiempo. Lo que haría si pudiera regresar diez minutos al pasado. Me encuentro llorando incontrolable. Y lo único que pasa por mi mente es otra oportunidad. Otro momento más.

Entonces viajo en el tiempo, mi carne se hincha y mi piel se estira. Aparezco en mi cuerpo joven y mi mente ansiosa por vivir intensamente. Aún las lágrimas están frescas cuando la siento a mi lado. Durmiendo tranquila, sin imaginar lo que pasa por mi cabeza. Me olvido de todo, me acomodo a su lado, trato de guardar su aroma en lo más profundo de mis pulmones. Beso su cuello y la rodeo con mis brazos con la suficiente fuerza y delicadeza para no despertarla.  Se escurren unas últimas lágrimas, agradeciendo que la tengo a mi lado y comienzo a acariciarla con suavidad hasta quedarme dormido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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